El inútil inglés

Como ya he comentado, tengo un nuevo móvil, lo que implica comprar también su correspondiente funda para el cinturón (no puedo vivir sin ella).

En todo tipo de tiendas (Fnac, PhoneHouse…) no hemos encontrado el modelo concreto que indica el fabricante y las genéricas no me gustan (si tienes un móvil bueno, que la funda sea buena también).

Finalmente, parece que encontramos la solución en “El Tajo Inglé” (sic), así que, puestos a ir, vayamos al que más cosas tiene, el de Castellana.

Parece que apuestan fuerte por Nokia, ya que Sony Ericsson lo tiene casi por pena y la zona de fundas y accesorios deja mucho que desear, con cuatro chorradas.

Preguntamos a una dependienta, que insistía en revisar el expositorio, hasta que me obliga a enseñarle la envergadura de mi aparato. Como se da cuenta que no está ahí, me dice que no, no hay, a lo que le pido que mire el modelo concreto y me dice que no, que no puede ver eso en el ordenador… ¡¡¡¡Me estás diciendo que estos grandes y reputados almacenes son INCAPACES de buscar una referencia en el ordena!!!!. La muy mala pécora, dijo que iba a comprobar y ya no apareció… entre eso y las malas formas hasta que nos atendieron tanto por los dependientes como por los pijales que no saben la utilidad de una cola fifo, salimos bastante calentitos.

Al final, la solución que tenía que haber probado primero (pero que le falla tener una web en la que comprobar los productos), Boulanger. Más barato que por eBay a sitios de dudosa reputación. Ni qué decir tiene que además, me llevé el cargador del coche.

Pasividad (de la gente/sociedad)

Yendo a comprar al Carrefour que tengo al lado de casa, veo, junto a la rampa de acceso un carro de la compra abandonado que dificulta el paso.

Pasando de lado sigo mi camino, hacemos la compra en no más de 20 minutos y vuelta a 127.0.0.1 otra vez.

Hasta ahí todo bien, porque… El carro sigue ahí, nadie se ha dignado a quitarlo… es sólo empujarlo un poquito, lo justo para no molestar, además del peligro de que se vaya hacia la rotonda y se lo coma un coche.

Esto me recuerda a un experimento que hice una vez en la Biblioteca de la Politécnica de Alcalá: en mitad del pasillo, puse un par de sillas que no dejaban pasar. La gente, al llegar pasaba como podía, como si las sillas dieran calambre, sin tocarlas, sin apartarlas, sin… darle una patada aunque fuese.

El carro lo he lanzado cuesta abajo, donde no molestará en mucho tiempo (da a zona de mantenimiento). Las sillas las quité cuando me cansé de tan lamentable espectáculo.