De vacaciones (y V)

Las vacaciones llegaron a su fin. El hotel estaba a rebosar (viernes Santo), sobre todo de españoles que imagino vamos a Portugal pensando en que todo está barato…

Para salir de Lisboa, forzamos al TomTom para pasar por el puente nuevo, el Ponte Vasco da Gama. Todavía no habíamos salido de Lisboa, cuando Alicia recordó que en un cajón de armario se había dejado un bolso, que resultaron ser dos y un libro… ¡vuelta al hotel!.

Ya, en marcha, el puente es posible que sea de los más largos de Europa. Es impresionante, no parece terminar nunca:



Como el recorrido no era directo, el TomTom empezó a hacer de las “suyas”, indicando que es esta salida cuando en realidad es la siguiente, pero están muy juntas, así que, nos quería llevar por peaje justo cuando acabamos de salir de uno, comenzamos a navegar de forma intuitiva, a ojo… Al final, nos incorporamos a la A-6, dirección Espanha con “sólo” 100 Km de más de la vuelta que dimos…

Volvimos por Badajoz, donde estuvimos un día en Montijo y, otra vez de vuelta a los madriles.

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De vacaciones (IV)

Por fin, fuimos a Belém. Esta vez no hubo cola en el eléctrico, pero sí que nos tocó ir de pie. El tranvía, que sale de la Plaza del Comercio, deja justo delante de los Jerónimos, un monasterio impresionante y quizás lo que más nos gustó.

Como es de rigor, estaba atestado de turistas, pues las hordas de españoles ya estaban por esos lares (ya se notó en el desayuno del hotel), lo que me hace sospechar una cosa: se cobra la entrada. Vamos al principio de la cola, que era para ver el claustro, así pues, tras las excursiones rurales que nos hemos marcado en otras ocasiones, no nos pareció interesante. Lo que sí se podía ver era la iglesia, que es enorme. Como curiosidad, había asiáticos (¿coreanos, filipinos,…?) rezando con gran devoción. También, dentro del monasterio, está la Biblioteca de la Marina.

Justo en frente, están la Doca do Belém y la Doca do Bom Sucesso, donde está el archiconocido Padrao dos Descobrimentos y la Torre de Belém respectivamente.

El monumento a los Descubridores es enorme, tanto que hay un ascensor por el que subir por dentro hasta lo alto. Sólo diré que no subimos, había cola, con lo que ello implica.

Siguiendo por la doca, en la que hay que dar un rodeo, aunque mucha gente lo ignora pese a una placa que lo indica antes de llegar a la entrada de barcos al puerto deportivo, llegamos a la Torre de Belém, a la que también se puede acceder, aunque como estaba hasta arriba, nos conformamos con verlo desde fuera.

Justo al lado, está el Museo del Veterano, en el que hay unos servicios públicos. Alicia tuvo la llamada de la selva, así que, nos dirigimos a ellos. En el de mujeres, había un viejete con una mesa, imagino ávido de ganar un dinerillo por “estar ahí”. No sé si le intimidé un poco al quedarme vigilando, pero no dijo ni pío al pasar Alicia, que decidió que estaban llenos de mugre como para pagar 1 céntimo por su uso. El museo tiene una fachada en la que están todos los que dieron la vida por Portugal, custodiado por un par de soldados, a los que pillamos justo en el cambio de guardia, muy ceremonial. Por cierto, imagino que será un castigo para ellos, ya que continuamente por megafonía suena el Bolero de Ravel… imaginad varias horas de pie y la música machacona sin parar.

Saliendo de ahí, pasamos por el Museo de Arte Contemporáneo, donde la entrada era gratuita y, por tanto, no había cola (¿por qué será?), es que la miel no está hecha para la boca del burro.

El siguiente punto era el Alto da Ajuda, donde está el Palácio Nacional da Ajuda. Desde los Jerónimos, es una cuesta poco llevadera, así que como vimos un autobús que la subía, no dudamos en meternos… craso error, justo entramos, gira a la izquierda y perdemos de vista Belém. Acabamos en un barrio periférico (al estilo de Tricantinolandia), alejado de todo y con el conductor al que no se le entiende nada. Afortunadamente, justo en frente de la última parada tenemos uno que va casi directo a Marqués de Pombal (donde teníamos el hotel).

Aprovechamos para dar la última vuelta y dar la última oportunidad al Elevador de Santa Justa. No sé qué tendrá, pero las colas, da igual la hora que sea, son enormes, así que, nos quedamos con la pena de no poder subir (aunque nos cobrasen por entrar… creo que este caso sí lo justificaba).

Ya aprovechamos para darnos la última vuelta y comprarnos las súper camisetas, días anteriores habíamos visto en el escaparate una camiseta que nos pareció el regalo ideal para un amigo (Smile if you’re gay :)). Decidimos ir a por ella y ya nos animamos a coger para nosotros una que nos identificase. Aunque a Alberto le identificaba la que ponía ” Tell your boobs to stop staring at my eyes”, al final se decidió por una un poco más freak, de una galaxia y un “You are here”. Alicia se dicidió por una que por detrás pone “Women are great leaders, you are following one right now”, ya sabemos su vocación de líder, basta ver cómo maneja los pantalones en casa…

Por cierto, este fue el único día en el que no llovió y estaba despejado, por lo que aproveché para tomar unas vistas desde el hotel.

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De vacaciones (III)

Salimos del hotel con bastante lluvia, pero no sin ánimos de ver, más bien por curiosidad, la Plaza de España. En el camino, pasamos por un Corte Inglés, que nos sirvió de excusa para resguardarnos de la lluvia y comprobar que hasta los chubasqueros habían calado. Como curiosidad, allí tienen un stand de mezclas de café, así como cortadores de jamón para llevar (me pones 100gr. de este 5J). Tras ver que la Praça de Espanha no era nada del otro mundo, cogimos un bus hacia Marqués de Pombal, donde ya enlazamos con el metro hasta Restauradores.

El día anterior, tratamos de ir a Belem, pero como el eléctrico estaba repetado y había cola, hubo cambio de plan. Por otro lado, ya que íbamos a Belem y son típicos los pasteles, sólo los podríamos comprar el último día, para que no se quedasen sin refrigeración un día o más en la habitación del hotel, no fuera a ser que nos cobrasen la luz del frigo de la habitación.

Así pues, fuimos al Bairro Alto, al que subimos en un funicular que se coge justo al lado de la oficina de turismo de Restauradores, en frente al Hard Rock Café. Desde allí, se puede ver Lisboa en un mirador opuesto al Castelo de Sao Jorge. Continuamos por las callejuelas de la zona además de comer POR FIN en un portugués, donde pedí Bacalao à Brás (por la mucha insistencia de SerieZ, pese a que imaginaba que sería el típico Bacalao dorado, como así fue) y Alicia se puso tibia de Borrego Estofado, se lo sirvieron en una olla pequeña, todo ello muy abundante…

Esta zona de Lisboa podría compararse con el Barrio de las Letras de Madrid, con muchas callejuelas y muchos garitos para tomar algo, por lo que la elección de restaurante no fue fácil (seguro que de todos los que hay, elegíamos el peor), así que Alicia se puso a preguntar y al primero que pregunta resulta ser el dueño de uno que, aunque dijo que todos eran muy buenos, el suyo era mejor… ¡qué hacha para el marketing!.

A punto de entrar en un japonés cuyo precio parecía interesante, Alicia entró en una zapatería, donde pensé que iba a comprarse oootro bolso y así fue como localizamos un restaurante local a precio razonable (Bacalao à brás por menos de 15 euros), así que, ahí entramos. Lo primero que hacen los portugueses es ponerte un aperitivo, que en nuestro caso, consistió en un platito de jamón y otro de queso (que olía a mis pies después de un largo día). Como imaginaba que estaría fuera del menú, lo preguntamos, así que, con la triste escusa de que no nos gustaban, nos lo retiraron. Esto parece ser una práctica habitual allí: te ponen algo y si cuela y comes, te lo cobran.

A la salida del restaurante, cogimos un eléctrico, que iba petado, en el que había que empujar para subir/bajar, además que la gente sube antes de dejar bajar. Con él, llegamos a la Basílica da Estrela con algún que otro detalle macabro.

De vuelta, otro eléctrico (no indicado en la guía turística, con lo que nos dio una vuelta por un barrio entero) nos dejó en la Praça do Comércio, lo que aprovechamos para dar otra vueltecilla por Baixa y Chiado, donde descubrimos la Librería Alcalá, especializada en libros en español, aunque en liquidación (Alicia se compró, como no, un libro de Fernando Savater, “El valor de Educar”). También vimos una tienda de tatuajes con un alien recién salido del Nostromo.

Finalmente, aprovechamos para ver una iglesia en Rossio que habíamos pillado siempre cerrada, era curiosa, pues la estructura parecía de hormigón envejecido, realmente no viene indicada en ninguna guía, pero nos resultó muy bonita.

El resto de fotos:

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